miércoles, 2 de junio de 2010

Recordando a Romero

Editorial YSUCA

Estamos ya en la plena festividad de nuestro arzobispo mártir, Óscar Romero. La masividad de los festejos nos lleva a reflexionar sobre la permanencia de su mensaje y su figura en la historia actual salvadoreña. Y tal vez para empezar tengamos que reconocer todos, incluso quienes no lo quieren, que era cierta su afirmación de que resucitaría en el pueblo salvadoreño. Ver a las grandes multitudes que lo aclaman, que lo recuerdan y que lo sienten como parte de sus vidas, hacen cierta la afirmación del santo arzobispo.

Pero no basta con reconocer ese hecho. Es necesario ver la profundas lineas de su compromiso y lo que nos siguen diciendo para una verdadera resurrección de nuestro pueblo. Monseñor Romero era un hombre pacífico, que intentó frenar la locura que llevaba a la guerra. Sus palabras son muy claras cuando insistía en que hay una violencia mucho más eficaz que la de las tanquetas del ejército o las armas de la guerrilla: La violencia de Cristo que decía Padre perdónales, que no saben lo que hacen. Hoy, sin embargo, la violencia no ha bajado en nuestro país. Se reproduce de otra manera. A la violencia irracional de la guerra le ha sucedido la violencia desatada e inhumana de la criminalidad. Monseñor, que condenaba todo tipo de violencia, insistía en que sólo si se conocían a fondo las raíces de la violencia, y se atacaba la raíz de la misma, se podría vencer la locura de la brutalidad que engendra. Y tenemos ya una primera conclusión desprendida del pensamiento de Romero. Los que lo seguimos debemos tener en primer lugar una opción radical por la paz y el entendimiento dialogado. Y en segundo lugar una reflexión seria y crítica sobre las raíces de la violencia actual. Sólo así, desde el pacifismo y desde el análisis serio del problema podremos encontrar caminos de salida. Solamente así lograremos vencerla.

Monseñor Romero analizaba incansablemente las idolatrías de su tiempo. La idolatría de la riqueza, mal que nos pese, sigue siendo una de las tendencias hondamente incrustadas en nuestra realidad. No es la idolatría de las mayorías, que desean vivir bien, pero que no aspiran a lujos extraordinarios. Pero sí es la tendencia de quienes prefieren el lujo a la solidaridad, de quienes utilizan la violencia, la mentira o la corrupción para enriquecerse, de quienes pasan indiferentes ante la pobreza de muchos sin plantearse qué puede hacer ante la tragedia del hermano. La idolatría de la riqueza no produce hoy los mismos efectos que en los años previos a la guerra. Pero sigue expulsando gente de El Salvador y sigue siendo causa, al menos en parte, de los problemas de esta sociedad dividida, donde los muy ricos tienen lujos desproporcionados mientras otros pasan hambre y no encuentran trabajo. O simplemente se desesperan y optan por marcharse del país o por rebelarse con esa rebeldía primitiva que hoy llamamos delincuencia. No todo delincuente es un rebelde. Muchos de ello son simplemente ambiciosos. Pero también abundan los que se rebelan ante una sociedad que excluye, margina, da más al que tiene más y le quita la tortilla de la boca al que tiene menos. Enfrentar esta idolatría supone cambios estructurales, pendientes muchos de ellos desde la época de Monseñor Romero. Sin esos cambios será difícil experimentar realmente la resurrección de la que hablaba el arzobispo mártir.

Y, aunque quedarían muchas cosas por decir, si algo vemos en esa muerte martirial de nuestro pastor es la profunda generosidad que tuvo con nuestro pueblo. Si como él, no logramos liberar nuestra generosidad, será muy difícil que este santo arzobispo resucite en nuestros corazones. Solamente personas generosas, austeras, capaces de enfrentar solidariamente los retos de la actualidad, son terreno fértil para que fecunde en ellas la semilla de Monseñor Romero. Al egoísmo y a la injusticia estructural sólo se la termina venciendo desde la generosidad. Decían los antiguos padres de la Iglesia que al martirio le precede siempre el amor. Y el amor cristiano es siempre generosidad, capacidad de servicio, entrega sistemática a la lucha pacífica contra el mal, incrustado hoy con tanta frecuencia en diversas estructuras sociales y en modos de vida incompatibles con la justicia. El desprecio que el rico sin nombre del Evangelio sentía por la dignidad humana del pobre Lázaro se repite hoy con demasiada frecuencia. Y sólo la generosidad con las causas justas de erradicación de la pobreza, justicia social y cambio de estructuras de marginación o exclusión, nos podrán llevar hacia la resurrección romeriana. Que estos aniversarios nos ayuden a todos a liberar nuestra generosidad.