miércoles, 2 de junio de 2010

Monseñor era un faro

Por Luis Fernando Valero
Publicado el 22 de Marzo de 2010


Haber conocido a Mons. Romero, haber trabajado con él, haber gozado de su amistad ha marcado mi vida.
Un recuerdo como éste se puede enfocar de muchas formas, yo prefiero hacer una reflexión para que cada uno analice si realmente por lo que murió Monseñor Romero ya se ha conseguido mínimamente.

Ya son 30 años desde que una bala asesina, que nunca ha sido juzgada y mucho me temo que jamás lo será, lo apartó del pueblo salvadoreño. Los que trabajaban con él, mas aún muchos salvadoreños por aquel entonces, sabíamos que más temprano que tarde a Monseñor lo matarían. Queríamos tener la esperanza de que no se atreverían a hacer tamaña ignominia. Se atrevieron. Y aún está por ver que los culpables, de verdad, sean juzgados.

¿Por qué se atrevieron? Porque dentro y fuera de El Salvador había muchos que les animaban a hacerlo y sabían que quedarían impunes, como tantos otros asesinatos. Monseñor presentía que eso le ocurriría.
Voy a contar una anécdota personal. Dos días antes de que Monseñor fuera asesinado iba con mi carro a casa de un amigo en Lomas Verdes a cenar, donde estaba también invitado Monseñor Romero. Delante iba el carro de Monseñor y me di cuenta de que no estaba seguro de qué camino tomar. Me puse al lado de su carro, bajé el vidrio y vi como monseñor inmediatamente se tumbaba en el asiento. Le grité: ¡Monseñor, soy Fernando!, ¿qué no conoce el camino? y él me dijo: -¡No!, ¡No! No sé por dónde se va exactamente.

No se preocupe monseñor, sígame y vamos a casa de nuestro amigo.
Era obvio que Monseñor tenía integrado que un día lo podían asesinar. Pero era tal su sencillez y su compromiso vital que eso no le impedía decir la verdad, que fue lo que le llevó a la muerte.

En su lección magistral al recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Lovaina, pronunciado el 2 de febrero de 1980, 50 días antes de su asesinato, dijo cosas como estas:

“Debemos estar claros desde el principio de que la fe cristiana y la actuación de la Iglesia siempre han tenido repercusiones socio-políticas. Por acción o por omisión, por la connivencia con uno u otro grupo social los cristianos siempre han influido en la configuración socio-política del mundo en que viven. El problema es cómo debe ser el influjo en el mundo socio-político para que ese influjo sea verdaderamente según la fe.”

“Nuestro mundo salvadoreño no es una abstracción, no es un caso más de lo que se entiende por "mundo" en países desarrollados como el de Vds. Es un mundo que en su inmensa mayoría esta formado por hombres y mujeres pobres y oprimidos. Y de ese mundo de los pobres decimos que es la clave para comprender la fe cristiana, la actuación de la Iglesia y la dimensión política de esa fe y de esa actuación eclesial. Los pobres son los que nos dicen qué es el mundo y cuál es el servicio eclesial al mundo. Los pobres son los que nos dicen qué es la "polis", la ciudad, y qué significa para la Iglesia vivir realmente en el mundo”.

“En menos de tres años más de cincuenta sacerdotes han sido atacados, amenazados y calumniados. Seis de ellos son mártires, muriendo asesinados; varios han sido torturados y otros expulsados. También las religiosas han sido objeto de persecución. La emisora del Arzobispado, instituciones educativas católicas y de inspiración cristiana han sido constantemente atacadas, amenazadas, intimidadas con bombas. Varios conventos parroquiales han sido cateados.”

“En el breve tiempo que me ha tocado estar dirigiendo la Arquidiócesis han pasado ya cuatro gobiernos diferentes con diversos proyectos políticos. También las otras fuerzas políticas, revolucionarias y democráticas han crecido y evolucionado en estos años. La Iglesia por lo tanto ha tenido que ir juzgando de lo político desde dentro de un proceso cambiante. En el momento actual el panorama es ambiguo, pues por una parte están fracasando todos los proyectos provenientes del Gobierno. Mientras que está creciendo la posibilidad de una liberación popular”.

Monseñor Romero desde 1994 tiene abierta causa de canonización. Eso no implica que ya muchos le llamen “San Romero de América”. No es cuestión de comparar. Ya lo dice el refrán castellano: los caminos hacia Dios son inescrutables. Desde que se abrió la causa de Monseñor hemos visto cómo se han hecho beatos y santos una cantidad muy significativa de ellos. Algunos con tremenda celeridad y rapidez para mayor gloria de Dios y su Iglesia. Es triste ver cómo los pobres de Iberoamérica y por extensión del mundo, no tienen todavía oficialmente un santo que les sea propio, que murió por ellos y que ellos lo sienten suyo. Quizás, más tarde que nunca, esos pobres lo tengan. Tengamos paciencia y fe.

Monseñor Romero es ya un icono en el sentido religioso y, como tal, entra dentro del terreno de la amplia dimensión religiosa y profética. ¿Quién lo mató? El pueblo lo sabe. ¿Quiénes dieron la orden? El pueblo lo sabe. ¿Quiénes se beneficiaron con su muerte? El pueblo lo sabe. ¿Qué es un santo? El pueblo lo sabe.
Se han escrito miles de páginas sobre Monseñor Romero y las que se seguirán escribiendo. En 1993 publiqué una novela titulada “Monseñor: la Voz”. Y en ella escribí lo que ahora leerán. Lo bueno de las novelas es, como dice un personaje de la película “El secreto de tus ojos”, Oscar a la mejor película extranjera de este año, que “En ellas no hay por que decir la verdad”:“Capítulo V. 23 de marzo 1980.

-.Atención pájaro azul, atención pájaro azul. Puesto Uno, sin novedad. Reunida Junta de Emergencia Nacional. Todo en orden. Son las 12,15. Corto.
Alrededor de la mesa ovalada, diez personas, todas ellas militares. En uno de los arcos menores presidía el coronel Gracia, Jefe Supremo de los ejércitos. A su lado derecho, el mayor Degrelle.
A su izquierda, un singular militar en traje de combate (el color delataba que no era del país): en su cabeza una gorra con la calavera pirata y las tibias; debajo la inscripción “death”. Muy rasurado. Lentes oscuras….

Habla el coronel Gracia

…Estamos aquí reunidos en emergencia porque un grave peligro acosa a nuestra querida patria. Y como todos ustedes saben nuestra misión, por encima de todo,-así lo hemos jurado- es salvar a la patria. Nosotros somos los únicos en quien ella confía. Hay enemigos, malos hijos, vende patrias, que la están acosando. Hace tiempo que libramos una larga lucha contra ellos, lucha que, con grandes sacrificios por nuestra parte, vamos ganando. Pero hoy…
Hizo otra pausa. Le encantaba escucharse a sí mismo y también que los demás estuvieran pendientes de sus palabras.

--Hoy, como he dicho, la patria ha sufrido un zarpazo de muerte, y nosotros no podemos permitir que se la hiera más, que se la desangre. Nuestra misión es protegerla y, por ello, hoy hemos de decidir qué hacemos. Si nosotros no vigilamos, si desfallecemos, ¿quién la salvará? Nadie. Por ello, compañeros, tenemos que tomar una valiente decisión que de una vez por todas arranque ese peligro que acecha a nuestra patria querida…Lo que van ahora a escuchar tiene que ser profundamente evaluado.

…Degrelle se acercó a un radio “cassette” enorme, conectado a dos altavoces. Apretó una tecla y enseguida se oyó: “Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.”

Amén