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martes, 22 de marzo de 2011

Monseñor Romero y los papas


La casita en la que Monseñor Romero vivió sus últimos años es hoy un pequeño museo que alberga muchas de las pocas pertenencias de su inquilino. Junto a la cama hay un archivero que cumple funciones de mesita de noche, y sobre el archivero, un pequeño retrato del papa Pablo VI. No deja de ser curioso verlo ahí si uno sabe que para cuando asesinaron a Monseñor Romero el papa Juan Pablo II iba camino de cumplir 18 meses de pontificado.

No es ningún secreto que Pablo VI y Juan Pablo II tuvieron actitudes radicalmente distintas hacia Monseñor Romero. A cada uno lo visitó en un par de ocasiones, y mientras en Pablo VI encontró apoyo y sosiego, de Juan Pablo II recibió cuestionamientos e incomprensión. Pablo VI lo animó cuando convirtió a los pobres en el motor de su línea pastoral. Juan Pablo II le dio la espalda cuando más amenazado estaba, y algunos incluso creen que desde el Vaticano se movieron los hilos para que en 1979 no le concedieran el Premio Nobel de la Paz. Es más, hay quien sostiene que Monseñor Romero no habría muerto en marzo de 1980 si Pablo VI hubiera vivido unos años más. Monseñor Orlando Cabrera, el actual obispo de Santiago de María, no ve descabellada esa opinión.

—¿Y en qué se basa usted para creer algo así? –pregunto.
—Porque Pablo VI lo hubiera ascendido. Él lo estimaba mucho y le dio mucho ánimo la primera vez que lo visitó, cuando fue a explicar lo de la misa única.

Quizá tenga razón. Quizá la muerte de Pablo VI evitó un cardenal Romero con una jubilación dorada en Roma. Quizá. Pero lo cierto es que Pablo VI falleció en agosto de 1978 y Juan Pablo II fue nombrado Papa en octubre. Que uno lo apoyó más y el otro lo apoyó menos. Y que cuando asesinaron a Monseñor Romero, en su habitación aún permanecía el retrato del Papa que más lo apoyó.
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Fotografía: Roberto Valencia

La casucha del arzobispo

lunes 10 de enero de 2011/MR
El arzobispo de San Salvador no vivía rodeado de mármol ni de sedas ni de oro o plata. La casa en la que Monseñor Romero pasó sus últimos años, la ubicada en los terrenos circundantes del Hospital Divina Providencia, eran apenas tres cuartuchos sin estridencias, de paredes repelladas y baldosas humildes, sin cuadros ostentosos ni esculturas refinadas, clósets en vez de armarios, ducha en lugar de tina. El mobiliario de la habitación en la que dormía y trabajaba era parco: un colchón sobre cuatro patas, un viejo escritorio metálico sobre el que descansaba su máquina de escribir, un gavetero, una grabadora y una fea mecedora hecha con tubos. Lo más parecido al lujo que había en ese hogar era una hamaca, que a Monseñor Romero le gustaba colgar de esquina a esquina del cuartucho de la entrada.

Pero antes las comodidades aún eran menos.

La casa en la vivía, su casa, comenzó a serlo el 15 de agosto de 1977. Hasta ese día, el arzobispo de San Salvador llevaba varios meses viviendo en el Hospitalito, en un cuarto liliputiense ubicado junto a la sacristía que en principio estaba destinado para el inexistente capellán. Ahí se amontonaban un camastro estrecho, una mesita de noche, dos sillas y un arzobispo.

—Entre todas decidimos hacerle la casa porque, cuando recibía visitas, lo hallaban en ese cuarto. Pero lo hicimos sin decirle nada. Fue una sorpresa.

Aquel 15 de agosto, lunes, Monseñor Romero cumplía 60 años. Salió temprano para oficiar misa en Catedral metropolitana, y la tarde la pasó en el arzobispado. Al atardecer regresó al Hospitalito, donde las hermanas y un grupo de enfermos lo esperaban junto a la que sería su nueva casa. Madre Lucita, la superiora, le entregó las llaves con una sonrisa en los labios.

—Alguna vez nos dijo que el Hospitalito era su Betania –recuerda madre Lucita.

Betania es la aldea cercana a Jerusalén en el que, según la Biblia, vivían Lázaro, Marta y María, tres hospitalarios amigos de Jesucristo.

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Fotografía: Roberto Valencia

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(Este relato es la primera versión de una de las escenas que se incluirán en un libro sobre Monseñor Romero que está previsto que sea publicado para marzo de 2011)