martes, 5 de mayo de 2015

“MONSEÑOR ROMERO ERA UNO CON NOSOTROS”

Este salvadoreño trabaja en la Parroquia de Barrio México. Su testimonio permite dar a conocer la historia de un santo de nuestro tiempo, con quien compartió el amor a la Iglesia en medio de las persecuciones.

Gerardo Mora Pana
gmora@ecocatolico.org Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.


¿Por qué se vino de El Salvador?
La represión después de la muerte de Monseñor Romero fue aún mayor. Mi esposa quería que libráramos a nuestros hijos. En esos días asesinaron a una sobrina de mi esposa, compañerita de colegio de mi hija. Los miembros del escuadrón de la muerte andaban preguntando por ella. El peor enemigo era ser joven y estudiante. La gente que nos conocía nos avisó. La idea era venir tres meses y ya llevamos 35 años. 

¿Por qué la Iglesia era perseguida?
Era una Iglesia que se encarnaba en la realidad de cada persona. Una realidad de persecución, especialmente a nivel campesino. Nosotros al conocer la Palabra de Dios y sabiendo que todos estos hermanos estaban sufriendo, nos acercábamos con obras, si una familia necesitaba latas de zinc para terminar la casa, buscábamos ayuda. Fue un trabajo muy grande de las Comunidades Eclesiales de Base, donde empecé a trabajar en 1975.

¿Cuándo conoce a Monseñor Romero?
Al año de haber sido nombrado. El trabajo de la Iglesia era inmenso. Monseñor  dijo que pondría un laico y una religiosa a la par de cada Vicario, eran como siete u ocho vicarías o sectores. El párroco de mi comunidad me informó que me habían escogido a mí para ayudar. Y me anunció que nos reuniríamos con Monseñor.


¿Cuánto compartía con él?
Nos reuníamos una vez por mes, para ver qué hacían las vicarías, qué necesitaban. Siempre Monseñor empezaba las reuniones con una oración, y luego lo primero que hacía era dar la palabra a nosotros los laicos: “Quiero oír a los laicos”.

¿Tuvo miedo Monseñor en algún momento?
Claro, como él decía, ‘mentiroso aquél que diga que no tiene miedo’, pero, se puede contrarrestar, decía: “acordémonos que no vamos solos, es Dios quien nos impulsa”. 

¿Usted se dio cuenta de que lo hubieran amenazado? 
Bastante, él decía “no soy digno, no merezco esto, pero si Dios así lo quiere yo sé que van a matar mi cuerpo, pero sé que voy a resucitar dentro del pueblo”. Nos animaba y nos daba esa fuerza, era un momento difícil.

¿Cómo era Monseñor en las comunidades?
Su misión era visitarlas. Después de la Misa de 9 en Catedral, terminaba y se iba a una comunidad. Me tocó acompañarlo varias veces. Con esto le voy a decir todo, las personas lo esperaban en un pueblito, eran campesinas, y él se molestaba porque le tenían una mesa aparte de la gente y siempre decía ‘pero yo quién soy’, no no, yo como con ellos. Denme de lo que aquí todos están comiendo y compartía con la gente.

¿Cómo lo describiría?
Un hombre verdaderamente humilde, pero ya en la radio, con el micrófono, era otro. La gente se lo imaginaba grande, un hombre fornido, y él era pequeño, amable, viera nunca tuvo carro, siempre andaba en un carro viejo de un hermano o las comunidades lo llevaban.

¿Qué sintió el día que lo mataron?
Él vivía en un hospital que se llama La Divina Providencia donde estaban los enfermos terminales de cáncer. Tenía un cuartito, su cama y dónde poner la ropa. Celebraba misa en la Capilla. Celebraba con los enfermos que se podían levantar. Lo matan en el momento que está ofreciendo el Cuerpo y la Sangre en la Eucaristía. Pudieron haberlo matado antes, o ante más cantidad de gente. Pero los caminos de Dios no son nuestros caminos. Monseñor era mi amigo, mi pastor. Era uno con nosotros, sentí en el momento que lo mataron que el mundo se había terminado. Pero, luego, fue lo que muchas veces Monseñor advirtió: tenemos que seguir.

¿Cómo se vincula a la Parroquia de Barrio México?
Yo no conocía, me vengo a vivir a lo que llaman el Paso de la Vaca. El día que amanecimos acá fue el propio día de San Pedro y San Pablo, consulté dónde había una Iglesia y me señalaron la Parroquia de Barrio México. Fui con mi familia y me puse a las órdenes del sacerdote. Lo primero que me mandó a hacer fue tocar las campanas. Luego empecé a proclamar la Palabra. Después animé los cantos. Hoy coordino el Ministerio de Evangelización, visitamos casas y nos reunimos, vamos a precarios, anunciando a Cristo. 

¿Qué piensa de la próxima beatificación de Mons. Romero?
Para nosotros, siempre ha sido un santo de santos, un profeta de profetas. Hay tantas historias, una vez en un templo, el ejército había ametrallado una Iglesia, había tomado el sagrario. Monseñor entró, fue apartando los fusiles de los militares que se atravesaban. Recogió las hostias, salió, y pidió a la gente poner una mesa afuera, dijo “vamos a celebrar la Eucaristía”. He visto tantas cosas… cómo no voy a transmitir su testimonio. Cuando la Iglesia es verdaderamente perseguida se ve al verdadero cristiano. Tras la muerte de Monseñor, el Seminario pasó de 20 a 200 seminaristas.