martes, 23 de noviembre de 2010

MONSEÑOR OSCAR ARNULFO ROMERO Y LA IGLESIA CATÓLICA:

“La iglesia, un servicio de liberación personal, comunitaria, trascendente”. (Ultima homilía de Monseñor Romero)

Para conmemorar el XXXI Aniversario del Martirio de Monseñor Romero en la India, hemos  tratado de colocarlo en el contexto más amplio posible.  Para Ud., lector salvadoreño, debemos  aclarar que  Monseñor Romero es un referente conocido y querido dentro de la Iglesia Católica India.  La Embajada de El Salvador en India está preparando junto con el Arzobispado de Delhi y la Comisión de Justicia, Paz y Desarrollo de la Conferencia Episcopal Católica de la India, un acto solemne con participación de congregaciones religiosas y movimientos católicos para este 24 de marzo.  Se nota el entusiasmo con que cada uno se involucra en nombre de Monseñor. 
Pero a nivel  general, en la sociedad india no está difundido este conocimiento, y es por eso que un grupo de salvadoreñas estamos haciendo esfuerzos por enseñarlo a los jóvenes de la Universidad Jawaharlal Nehru en Nueva Delhi, que nos ha permitido realizar una charla conmemorativa.   Además de ofrecer los datos biográficos de Oscar Arnulfo Romero Galdámez,  y de presentar a nuestro país El Salvador, tratamos de explicar el contexto de la Iglesia Católica en tiempos de Monseñor. 
Introducción:
Mil gracias Dr. Anil K. Dhingra, Catedrático y Jefe del Departamento de Español del Centro de Español, Portugués, Italiano y Estudios Latinoamericanos de la Escuela de Lengua, Literatura y Cultura de esta Universidad, por la oportunidad de estar con ustedes.  Queremos dar las gracias a la Universidad Jawaharlal Nehru por abrirnos las puertas. Mil gracias a la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), de San Salvador, El Salvador,  por apoyar nuestro esfuerzo.  Y,  mil gracias,  muchachos y personas que nos acompañan, porque son la fuente de inspiración para esta charla, así pues, esperamos que les sea provechosa.
Para muchos de ustedes, El Salvador es un país desconocido y probablemente Monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez, un personaje del que nunca han oído hablar.
A manera de introducción, comentarles que como salvadoreñas, cuando recordamos a Monseñor Romero, pensamos en un hombre que a pesar de haber tenido un cargo importante dentro de la jerarquía de la iglesia, optó preferencialmente por los pobres, haciendo de su vida un testimonio de sencillez y humildad.
Romero escuchó a todos los sectores de la sociedad para conocer la realidad que vivía el pueblo salvadoreño, y poco a poco se convirtió en el referente del salvadoreño que desea mejores oportunidades y mayor igualdad en su sociedad. Su denuncia de las injusticias sociales se escuchó semanalmente con mucho interés.  Denunció una estructura económica que acrecentaba la desigualdad, generado unos pocos privilegiados y una mayoría carente de lo esencial. Señaló una sociedad injusta en donde el poderoso abusaba del humilde; y una sociedad carente de libertades políticas. Romero decidió hablar en una sociedad donde, quien señalaba la injusticia, ponía en riesgo su vida. Monseñor Romero optó por ser la voz de los que no tenían voz, por eso le mataron.

Al día de hoy, sus palabras y su labor siguen teniendo mucha vigencia, no sólo en nuestro país o en América Latina, sino en muchos lugares del mundo.  Denunció la violencia, la corrupción, las estructuras económicas que generan desigualdad; un mundo en el que el  50 % de la población vive en situación de pobreza extrema,  y necesita de profetas.
Sentir con la Iglesia.
Históricamente, la designación del arzobispo en nuestra capital ha sido un acto de mucha trascendencia para la nación.  Recordamos que el primer obispo de San Salvador, el Presbítero y Doctor José Matías Delgado, fue nombrado por el naciente estado salvadoreño, a pesar de no contar con la autorización del Vaticano.  Algunos de estos nombramientos se realizaron en momentos de tensiones  religiosas, políticas y sociales
Y la designación del arzobispo de San Salvador en febrero de 1977 no es diferente.   Se ubica en un momento de profundos cambios para el país y para la Iglesia católica como institución.  El país vivía los últimos años de dictaduras militares caracterizadas por suprimir los derechos civiles de los ciudadanos y por reprimir indiscriminadamente a la población que demandaba sus derechos.   Así  también la Iglesia Católica estaba experimentando uno de los más profundos cambios desde el Concilio de Trento en el Siglo XVI.
A principios de la década de 1960-70, el Papa Juan XXIII convoca a un Concilio para abrir las puertas de la Iglesia Católica a la nueva época.  Dicho Concilio Vaticano II fue clausurado por el Papa Pablo VI en 1965.  Las nuevas enseñanzas quedaron registradas en distintos documentos; en el denominado  “ Gaudium et Spes”  los cardenales y obispos, bajos la dirección del Papa, afirman que:  “Las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los pueblos de esta época, especialmente de aquellos que son pobres y oprimidos,  son también las alegrías y esperanzas, tristezas y angustias de los seguidores de Cristo.”  (Vaticano II, GS No.1 )
En 1967, aparece la encíclica del Papa Pablo VI , “Populorum Progressio” , que confirma las nuevas enseñanzas de la Iglesia  al decir en su preámbulo:  “El desarrollo de los pueblos y muy especialmente el de aquellos que se esfuerzan por escapar del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas, de la ignorancia; que buscan una más amplia participación en los frutos de la civilización, una valoración más activa de sus cualidades humanas; que se orientan con decisión hacia el pleno desarrollo, es observado por la Iglesia con atención. ”
 Estas nuevas enseñanzas impactaron la Iglesia Latinoamericana.  Los obispos de esta región se reunieron primero en Medellín, Colombia, para desarrollar, profundizar,  y adaptar la nueva visión de la Iglesia Católica a la situación de profunda injusticia que vivían sus pueblos.  En los documentos oficiales proclaman  la “opción preferencial por los pobres”.   Y Monseñor Romero afirma el lema de su Arzobispado:  Sentir con la Iglesia.
En su última homilía hace referencia a estos cambios cuando dice:  “Ya sé que hay muchos que se escandalizan de estas palabras y quieren acusarla de que ha dejado la predicación del evangelio para meterse en política, pero no acepto yo esta acusación, sino que hago un esfuerzo para que todo lo que nos ha querido impulsar el Concilio Vaticano II, la Reunión de Medellín y de Puebla, no sólo lo tengamos en las páginas y lo estudiemos teóricamente sino que lo vivamos y lo traduzcamos en esta conflictiva realidad de predicar como se debe el Evangelio... para nuestro pueblo.”
En nuestro país, El Salvador,  el gobierno militar y las familias económicamente poderosas , ejercieron fuertes presiones al Vaticano para asegurarse que el nombramiento del nuevo arzobispo de San Salvador recayera sobre una persona que respondiera más a la visión tradicional de la Iglesia, que a la nueva.  Pero no contaban con la profunda espiritualidad de Oscar Arnulfo Romero Galdámez, con su fidelidad absoluta a la Iglesia institucional, y con su inmensa humildad, que le permitirían acercarse y conocer los sufrimientos de los pobres de su país.
Durante los tres años en que Monseñor Romero fungió como arzobispo de San Salvador,  experimentó  un proceso gradual pero acelerado de lo que él llamaba “mi conversión”.   La semilla de este cambio ya estaba en su experiencia como obispo de Santiago de María cuando visitó y acompañó a los campesinos del lugar, en sus tristezas y angustias.
A  un mes  y días de haber  recibido su nombramiento como arzobispo, el 12 de marzo de 1977, asesinan al sacerdote jesuita, Rutilio Grande,  junto con dos ayudantes laicos, en la zona rural del Paisnal,  de la Parroquia de Aguilares.   El Padre Rutilio era su amigo y confidente; y con su asesinato,  Monseñor Romero recibe una primera estocada profunda en su corazón. 
Este acto brutal fue seguido de muchos más; se asesinan uno tras otro sacerdote junto con sus pobres acompañantes, uno tras otro campesino, maestros, comunidades enteras, la espiral de violencia iba cada día en crecimiento; y Monseñor Romero va muriendo con el dolor de su Iglesia, pero se va fortaleciendo  en su puesto de Pastor, con el pueblo sufriente y con los evangelios y documentos de su institución.
La capacidad comunicativa que Monseñor Romero fue desarrollando desde su niñez cuando repartía telegramas y cartas en su barrio natal, le permitieron reunir a su alrededor personas muy capacitadas que le facilitaban datos y opiniones.  Políticos, religiosos y religiosas, comunidades cristianas, así como hombres y mujeres de la sociedad civil, apoyan gustosamente su labor.  Su Oficina de Comunicaciones incorpora a mujeres valientes y talentosas.  Los dirigentes populares se acercaban a Monseñor con mucha facilidad, en los caminos, en las parroquias, en los encuentros incontables que buscaba.  Monseñor contaba con apoyos generosos provenientes de todos los sectores de la sociedad.
Su figura se levanta por encima de un pueblo maltratado, que escucha cada domingo su HOMILIA de una hora o más.  Era la cita esperada, el programa de radio más escuchado en el país, en silencio, con devoción.  Su palabra era un grito a nuestras conciencias, su verdad nos acercaba como hermanos salvadoreños; era nuestro padre, nuestro guía. Es así como se convierte en la voz de los sin voz.  
Ante estos hechos, los militares y poderosos en el país recurren a los medios de difusión masiva para difamar al pastor.  Lo insultan, tergiversan sus palabras, lo tildan de político comunista, opuesto a la verdadera iglesia de Dios.   Entonces, Monseñor Romero se convierte en una roca, cada día más llena de amor, y sabe que no tiene otro camino que recorrer, que su misión está junto al pueblo que sufre injustamente la represión.   Su  sacrificio es un testimonio de amor que nos empujó y nos empuja a la reconciliación.

Reflexión Final:
Monseñor Romero, al igual que todos los mártires, murió con el corazón limpio, con la certeza que su muerte daría mayor peso a sus palabras;  con la seguridad de que sus acciones servirían de ejemplo para no callar ante las injusticias cometidas por unos seres humanos contra otros seres humanos,  que la voz de los sin voz sería finalmente escucha.
Este 24 de marzo se conmemoran los 31 años de su martirio, como recuerdo del sacrificio vivo de un hombre justo, que a pesar de las amenazas a muerte que ya había recibido, siguió creyendo siempre que la verdad debía ser proclamada.  Recordamos su muerte pero a la vez rendimos un homenaje a su legado de vida y a su ejemplo  de valentía, coraje y entrega en el servicio al prójimo.

Monseñor: Un hombre de paz, amante de su pueblo, quien siempre escuchó al que quería ser escuchado y trató de mantener el diálogo entre los grupos que estaban separados por las injusticias cometidas a una población  sedienta  de armonía.  Monseñor no tenía favoritismos.  Monseñor prestaba su auxilio al que lo necesitara. 
Monseñor: Un hombre tímido y sereno que nunca demostró cobardía al proclamar sus homilías;  siempre fue congruente en sus acciones con sus palabras.
Monseñor: Un hombre de fe y lo demuestran las palabras de su última homilía que enunciaré textualmente:    “Por eso le pido al Señor, durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y aunque siga siendo una voz que clama en el desierto sé que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión”.
Cabe mencionar en esta reflexión final que La Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York, Estados Unidos, el día 11 de Noviembre de 2010 proclamó el 24 de marzo como “Día Internacional por el Derecho a la Verdad en relación con Violaciones graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas”, rindiendo de esa forma un justo homenaje a Monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez.
Ese mismo año en El Salvador, por medio del Decreto Legislativo 294, la Asamblea Legislativa declaró el 24 de marzo como "Día Nacional de Monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez".

Referencias:
Cavada, Miguel,  El Corazón de Monseñor Romero.  Ediciones del Centro Monseñor Romero de la UCA. San Salvador, El Salvador, marzo 2011. 
Irudayan, Charles, Social Teaching of John Paul II.  Asian Trading Corporation, Bangalore, India, 2011. 
http://www.lospobresdelatierra.org/textos/ultimahomiliaromero.html
Escriben para la Revista Digital “En Plural” del Departamento de Letras y Comunicaciones de la UCA: Claudia Romero Duarte (claudia_romero_duarte@yahoo.es) y María Ester Chamorro (mechamorro@hotmail.com) de la Universidad Centroamericana “José Simeón Canas”, UCA; y Aida Zelaya de la Universidad Doctor José Matías Delgado (aida_zelaya@hotmail.com)