miércoles, 23 de marzo de 2011

MONSENOR ROMERO FRENTE A LA ESPIRAL DE VIOLENCIA


El 15 de octubre de 1979, derroca al General Molina, una Junta Cívico-Militar que trae alegría momentánea al pueblo salvadoreño.  Algunos cristianos comprometidos se suman al esfuerzo; también se suma el principal partido político de oposición de ese momento, el Partido Demócrata Cristiano.  Pero la esperanza  de cambio dura pocos meses porque las estructuras militares y paramilitares represivas no solo no fueron eliminadas,  sino que incrementaron sus ataques contra el pueblo, llegando hasta el asesinato de miembros del nuevo gobierno.
Durante los últimos años Monseñor Romero,  junto con el pueblo salvadoreño, sufrió profundamente con los asesinatos de sacerdotes, maestros, campesinos,  dirigentes populares, mujeres y hombres comprometidos con la justicia en el país.  A medida que la espiral de violencia se aceleraba, los escuadrones de la muerte,  organización paramilitar generada por los militares y algunos altos empresarios que se escondía en el anonimato para ejecutar los asesinatos, cobraron un protagonismo decisivo, asesinando a prominentes dirigentes nacionales.    Mi cuñado fue uno de ellos.  El Dr. Mario Zamora Rivas fungía como Procurador General de Pobres de la Segunda Junta Cívico-Militar;  activo dirigente demócrata cristiano, con menos de 40 años de edad;  y celebraba en su residencia una fiesta con amigos y miembros del partido y del gobierno.
Como a la una de la madrugada llegaron unos encapuchados armados – así se presentaban los escuadrones de la muerte – rompiendo con sus botas militares las defensas y ventanas de la sala; y colocaron a todos los presentes en el suelo, con la cara hacia abajo, tapada. Fue un momento de mucho terror.  Preguntaban nombres a cada persona boca abajo y al llegar a mi cuñado, lo levantaron y salieron con él.  Todos creyeron que se lo habían llevado fuera de la casa, pero mientras continuaban con su operativo, uno lo llevo hacia el interior, a uno de sus cuartos de baño, y con silenciador le disparó a quemarropa, un 23 de febrero, el mes anterior al asesinato de Monseñor.
Con angustia y terror, los presentes trataron de comunicarse con las autoridades gubernamentales para buscar a Mario, pero las comunicaciones telefónicas estaban cortadas y nada era posible.  Es su esposa quien encuentra el cadáver más tarde cuando necesita ir al baño.  Tanto ella como sus dos hijos, que dejó pequeñitos mi cuñado, todavía sufren los efectos de este momento violento.
Monseñor Romero ofició la misa final de novenario para Mario, en la Basílica del Sagrado Corazón, cerca del centro de San Salvador.  Allí estaba toda la familia reunida.  Después de la misa y mientras hacían la limpieza del templo, encontraron 72 candelas de dinamita colocadas en los pilares de la Basílica, suficiente para hacer desaparecer a todos los allí presentes.  Milagrosamente se salvó Monseñor Romero y la familia doliente.
Es difícil imaginar una situación de tanta violencia y a Monseñor Romero con su amor y su voz de esperanza acompañando a los pobres y sufrientes.  En ese tiempo él también recibió amenazas de la Unión Guerrera Blanca, como se hacía llamar uno de los Escuadrones de la Muerte.  Nunca  cesó en su denuncia; su valentía descansaba en reconocer con mucha claridad su misión como Pastor del pueblo salvadoreño.
El 23 de marzo, un día antes de su asesinato, pronunció la homilía más fuerte contra la represión.  Algunas personas cercanas a Monseñor consideran que con estas palabras selló su sentencia  de muerte:
“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR... Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios... Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla...
En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”
http://www.lospobresdelatierra.org/textos/ultimahomiliaromero.html
(Escribe María Ester Chamorro para apoyar la charla sobre Monseñor Romero en la Universidad Jawaharlal Nehru en Nueva Delhi, India.)