martes, 22 de marzo de 2011

Discurso Dr. Luís Alvarenga:


En primer lugar, gracias a todas las personas que, con su trabajo, hicieron posible este número en homenaje a Monseñor Romero. Primeramente, a los trabajadores de la DPI, que acompañaron a la revista en sus distintas etapas de producción, desde el diseño, a cargo de Juan Marcos Leiva, pasando por la diagramación, la corrección y todas las etapas de fotomecánica, prensa y acabados, así como a todo el personal de la institución que hace posible que la revista sea algo tangible.
Los agradecimientos no serán suficientes para todas las personas que contribuyeron con su ayuda, con sus imágenes, con sus textos, sus pinturas y sus fotografías a este número. Tanto la fotografía que aparece en la portada, como las que acompañan la sección de homenaje a Monseñor Romero fueron facilitadas por el Museo de la Palabra y la Imagen. Las fotografías son parte de una colección de fotografías donadas al Museo por la señora Santos Delmi Campos. Asimismo, a los pintores Víctor Hugo Rivas, Carlos Alberto López, Sonia Martínez y Hugo Martínez Acuña, quienes fueron los ganadores del certamen de pintura en homenaje a los treinta años de martirio de Monseñor Romero, organizado por la Secretaría de Inclusión Social. Y, por supuesto, al fotógrafo Gerson Nájera, que nos ofrece las imágenes de Monseñor Romero en los murales de la Universidad de El Salvador, en las artesanías y en otras expresiones populares.
Quiero agradecer a Eduardo Galeano, María López Vigil,  y Olga Vásquez por sus valiosos textos sobre Monseñor Romero. Con ellos, demuestran que siempre hay algo nuevo que decir acerca de alguien que nos interpela diariamente. A lo mejor sería posible también agradecer a dos maestros que tampoco están con nosotros: Antonio García Ponce y Miguel Ángel Orellana, pero cuya obra nos acompaña, en este número y es presencia viva en la cultura salvadoreña.
Finalmente, a  Marta Elena Casaús,  a Roberto Valdés Valle, a Carlos Molina Velásquez y, por supuesto, a nuestra dramaturga Jorgelina Cerritos, por sus contribuciones al número.
Monseñor Romero tiene una especial relación con la cultura salvadoreña. No solamente por su presencia en las manifestaciones artísticas más variadas. Canciones, poemas, novelas, obras de teatro, murales y hasta morrales y llaveros, como los que capturó Gerson Nájera con su lente, muestran esta presencia tan poderosa, tan inspiradora, que es la del arzobispo mártir.
Se le ha llamado “el salvadoreño más universal”. Don Samuel Ruiz, el querido obispo chiapaneco, ha dicho que sus homilías, aunque se hayan referido a una realidad muy específica, la de El Salvador en los albores de la guerra, tienen un alcance universal. Lo tienen, porque hablan de situaciones que trascienden esa realidad específica: la denuncia contra cualquier tipo de injusticia, una opción por los más débiles, la búsqueda de coherencia entre la palabra y la vida.
Probablemente haya quien piense que estas cosas ya pertenecen al pasado y que el presente es algo que se reduce a la incertidumbre. Monseñor Romero también vivió tiempos de incertidumbre. Tiempos en que, como ahora, el egoísmo humano nos hizo retroceder a lo que el filósofo inglés del siglo XVII, Thomas Hobbes, llamó “el estado de guerra de todos contra todos”, es decir, un estado en el que los individuos, librados a su egoísmo natural, no dudaban en cometer los peores crímenes con tal de satisfacer sus apetitos y sus intereses. Así parecía El Salvador de los años 80, cuando ese egoísmo estaba institucionalizado en el Estado y en los cuerpos de seguridad. Así parece El Salvador de ahora, donde “las novedades del horror”, para usar una frase del poeta Eliseo Diego, no dejan de sorprendernos.
Hobbes proponía ante este estado de guerra colectivo, el surgimiento de un Estado donde los ciudadanos renunciaran a sus libertades individuales para obtener a cambio seguridad. Una seguridad proporcionada con la mano de hierro de un Estado absoluto, es decir, un Estado que ejerciera el poder sin restricciones. Seguramente hay muchos que ven en esto una salida. Tanto en 1980 como ahora.
Monseñor Romero pensaba distinto. Se dio cuenta que la violencia del Estado no es el fin de la violencia social, sino su institucionalización y su profundización. Se dio cuenta que la violencia ya comenzaba a permear y a carcomer las estructuras institucionales y que era necesario pararla, pues ya empezaba a formar parte de la cultura, del sentido común de los salvadoreños.
Así, pues, Monseñor Romero es el más universal de los salvadoreños y sus palabras tienen, además, un alcance universal. Esta universalidad se da en un sentido de negatividad. Monseñor niega con su práctica la violencia como forma de articular las sociedades o como forma de relación entre las personas. Además, denuncia lo negativo de esas estructuras y patrones culturales violentos. En fin: se opone a la realidad salvadoreña predominante. La niega, no soslayándola, sino denunciándola, para proponer la posibilidad de construir una realidad distinta.
Monseñor Romero universaliza los mejores rasgos de la cultura salvadoreña: frente a la censura, la intolerancia y la prepotencia de los sectores dominantes o de las prácticas culturales dominantes, estaba su capacidad de escucha, de comprensión, junto a una defensa intransigente de las víctimas. Estas cualidades no son privativas de la cultura salvadoreña, ni tampoco son las predominantes siempre. Son cualidades que comparte el género humano: por eso son universales.
Monseñor Romero niega la cultura de la violencia, ya sea la que se practica desde el Estado Leviatán de Hobbes, o la que practicamos a diferentes escalas en la vida cotidiana. Propone una cultura donde la práctica monologante del poder se sustituya por el diálogo y la crítica de las injusticias. Propone, además, una cultura donde el silencio y la desmemoria cedan espacio a las voces históricamente silenciadas e ignoradas. De ahí que Monseñor Romero siga siendo tan incómodo para muchos. Desde donde está, él sigue interpelándonos.