miércoles, 4 de agosto de 2010

Sobre la beatificación de Monseñor Romero

Ética y Política
José M.Tojeira

En los tiempos recios de la guerra a Mons. Romero se le acusaba de ser una persona débil de carácter, que había dividido al país y que tenía errores doctrinales. La propia Fuerza Armada publicó un folleto titulado “la Iglesia del pueblo nace en El Salvador”, dedicado a exponer ese tipo de acusaciones. Hoy ya nadie presta atención a esas tonterías. Pero cuando la causa de beatificación del arzobispo mártir avanza, aunque sea a paso excesivamente lento, se empieza a decir que la politización de su figura impide el avance del proceso vaticano. Y curiosamente quien más difunde esa idea es el periódico que en su tiempo daba espacio a los ataques más enconados contra Monseñor Romero, al que llamaba sin empacho obispo rojo y todas esas sandeces que solían usar quienes en el pasado justificaban el asesinato de quienes pensaban de modo distinto a ellos.



Sobre los procesos de beatificación en la Iglesia, aprovechando este tiempo “romeriano”, es bueno hacer algunas aclaraciones. En primer lugar que cualquier comunidad cristiana tiene derecho a pedir la beatificación de aquellas personas que hayan sido ejemplares y hayan despertado cercanía con el Evangelio de Jesucristo. Posteriormente el servicio de la autoridad en la Iglesia debe investigar y analizar si la petición procede. Pero independientemente de la ideología que uno tenga, si es cristiano, tiene el pleno derecho a desear y pedir que se ponga en los altares a quien para él sea ejemplar en su radicalidad evangélica. Que gente de izquierda pida beatificaciones no es ni puede ser un obstáculo para beatificar a alguien. Lo mismo que no lo es que gente de derecha lo pida. Llamar santo a alguien, o decir desde la libre opinión cristiana que alguien es mártir, no es nunca culto público, si no se utiliza dentro de la liturgia formal de la Iglesia. Si podemos decir de alguien, incluso estando vivo, que es un santo varón, cómo no poder decir de Monseñor Romero, o de Monseñor Rivera, que fue un arzobispo santo. Si bien no podemos ni debemos incluir en la liturgia eclesial advocaciones no autorizadas para el culto público, el derecho a opinar sobre la santidad o el martirio es un derecho claro de cualquier cristiano.

La santidad, y sobre todo el martirio, tiene siempre su dimensión política, entendida ésta en el sentido amplio de la palabra. Para los cristianos, los santos producen mejoría de la “polis”, construyen “ciudad de Dios” en la tierra y hacen más humanos a los hombres y mujeres con quienes se relacionan. El martirio, por su parte, no puede explicarse plenamente sin verlo como una oposición claramente política, en su sentido amplio de nuevo, a la idolatría del poder. La palabra mártir en su sentido actual en el cristianismo, nace a partir de quienes derramaron su sangre por negarse a reconocer a los emperadores romanos como señores de la historia. Bastaba con decir ante la estatua del emperador la simple y corta frase que reza: “el César es el Señor”, para que el cristiano quedara libre de la muerte.


Esta dimensión política del martirio no la puede olvidar la Iglesia. Porque es real, en primer lugar, y porque de olvidarla correría el peligro de justificar a quienes hoy siguen todavía idolatrizando el poder o algunas dimensiones del mismo. Monseñor Romero fue enormemente crítico y firme ante la idolatría del poder (y por supuesto ante la del dinero), y en buena parte lo mataron por ello. Jamás justificó la violencia de nadie, como mecanismo de acceso y/o permanencia en el poder, y en ese sentido contrastaba con el medio ambiente político de su época, que confiaba excesivamente en los mecanismos violentos a la hora de hacer política. En ese sentido hay que reconocer que la dimensión política del martirio de Mons. Romero es muy clara y evidente. Nuestro arzobispo mártir propiciaba una política del bien común arraigada en la Doctrina Social de la Iglesia, pacifista y partidaria de enfrentar desde la conversión y el diálogo las injusticias estructurales y las violaciones sistemáticas de Derechos Humanos. La continuación de este modo pastoral de actuar, por parte de Monseñor Rivera y Monseñor Gregorio Rosa, les valió también, a lo largo de la guerra civil, una infinidad de insultos, calificaciones políticas, amenazas e incluso una petición tan absurda como subnormal, hecha al Papa por el Fiscal General de la República, solicitando que a ambos obispos se les sacara de El Salvador.

La figura de Mons. Romero ha ido cobrando cada vez más luz y fuerza con el paso de los años. No sólo ilumina nuevas dimensiones que deben estar presentes en la figura del obispo en la Iglesia Católica, sino que se ha vuelto ampliamente ecuménica. La confesión anglicana, tan cercana a la católica, lo considera un mártir del siglo XX. Y algo parecido piensan luteranos, bautistas y otras confesiones de larga tradición y raíz cristiana. En la Iglesia Católica Juan Pablo II insistió en que el obispo, en medio de la crisis mundial caracterizada por “una guerra de los poderosos contra los débiles”, tuviera unas actitudes y características muy similares a las que tuvo nuestro santo arzobispo. En realidad recuperó en el texto que citamos, la dimensión política amplia que tantos buenos obispos han tenido en América Latina. Y la dimensión política del martirio si se les asesina por ser voz de los pobres. En efecto, el Papa insiste en que ante los retos de nuestro mundo actual el obispo debe estar “afianzado en el radicalismo evangélico”, está llamado a una enorme libertad para predicar la Palabra (“parresía”), se le pide ser “profeta de justicia”, “ es defensor y padre de los pobres, se preocupa por la justicia y por los Derechos Humanos”, recuerda que “si no hay esperanza para los pobres no la habrá para nadie, ni siquiera para los llamados ricos”. Y finalmente, para que el parecido sea mayor con Mons. Romero, “asume la defensa de los débiles haciéndose la voz de quienes no tiene voz para hacer valer sus derechos”. Si Monseñor Romero no se merece la beatificación como mártir después de estas palabras de Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Pastores Gregis, será difícil encontrar en el futuro a un obispo que pueda ser beatificado como mártir.