miércoles, 4 de agosto de 2010

No un Romero Star

Sexto Sentido

Cuando le mataron yo ni había nacido. Lo hice dos años después, en un país ya revuelto, con disparos y sonido ambiental de helicópteros. Mi familia vivía en una colonia que parecía laberinto, grata para jugar a pesar de los toques de queda y que fue anfitriona, por esa razón, de tíos, primos y abuelos de Cuscatancingo o la Escalón para la ofensiva de 1989. En esa casa escuché mis primeras bombas, viví los largos apagones y leí mis primeros periódicos. Sería mentira decir que en esos diez años, hasta la firma de los Acuerdos de Paz, tuve conciencia absoluta de lo que estaba ocurriendo. Me pasó lo mismo con la muerte de Óscar Arnulfo.

He crecido desde entonces con esa historia. Somos contemporáneos. Después de esos nefastos años hice el intento por conocer y comprender la vida del arzobispo. Al principio hasta me resultó contradictorio. Me pregunté en algún momento, años después de haber abandonar el catolicismo: ¿por qué debería importarme la vida de un representante de esa iglesia con la que no compartía nada? Hubiera sido un idiota, cuando menos, si me reducía al simplismo, a esa necia tarea de ver las cosas en función de lo que nos molesta.

Tal vez si su figura hubiese sido menos controvertida entenderlo estaría más a la mano. Tras la guerra, los libros escolares decían poco o nada del arzobispo. No solo el ministerio de Educación se despreocupaba de su legado, lo mismo hicieron los presidentes que siguieron a Cristiani, que lo recordaron como si de una mosca se tratara. Del otro lado, de muchos de los que se decían sus discípulos o fans, la cosa era igual o peor. Rápido entendí, o me pareció, que simpatizar con monseñor Romero era diferente a ponerse una camisa con su rostro o colgar una foto suya al lado del poster del Ché Guevara.

Escuché en la UCA las grabaciones de sus homilías. No todas, pero las suficientes para admirarlo. Admirarlo, en mi caso, implica que hizo cosas que yo seré incapaz de hacer. Lo admiré porque me pareció prodigioso a pesar de las diferencias, porque aprendí que el ser humano no siempre es ruin y porque no se calló a pesar de que no había dios que lo salvara.

No pienso en él todo el tiempo. Estos días he estado releyendo algunas de sus homilías. Resulta curioso descubrir cómo tienen sentido todavía. Encontré este pasaje:

“Yo no sería tampoco el predicador de la palabra de Dios si no tuviera en cuenta que esta palabra del Buen Pastor, en este domingo de abril de 1978, tiene un marco tan trágico donde necesitamos que sobre estas sombras de sangre, de dolor, de depresión, de desolación, se destaque la bella figura del Buen Pastor. No comprenderíamos toda la ternura de Cristo en esta hora de El Salvador, si no tuviéramos en cuenta esta hora de El Salvador. Y ¿qué es esta hora de El Salvador? ¡Parece mentira!, ¡qué densa es nuestra historia, hermanos, domingo a domingo! Cuando terminamos un domingo, yo pienso: y el otro domingo ¿qué voy a decir? si ya lo dije todo. Y, sin embargo, viene otro domingo y trae tanta historia, tanta densidad de historia, que de veras vivimos una patria, una hora, en que somos protagonistas de cosas muy decisivas”.

Hace muy poco el presidente Funes pidió perdón por ese asesinato del 24 de marzo de 1980. También en su momento dijo que gobernaría como monseñor lo hubiese querido. En Roma estudian hacerlo santo. Parece que en algunos pueblos hasta ya se han comprobado milagros. En El Salvador los hermanos aún matan a sus hermanos. La justicia sigue enredada en la amnistía.

No sé qué diría monseñor si ahora se enterara de todo esto. Tal vez que lo dejaran en paz, que no es una estrella. Pero hoy es domingo. Me gustaría más que no se callara.