miércoles, 2 de junio de 2010

Romero y la identidad nacional

Por Rubén Zamora
Publicado el 22 de Marzo de 2010


Si algo nos indican los eventos de este treinta aniversario del martirio de Monseñor Romero, es que el único salvadoreño que puede convertirse en la expresión más decantada de nuestra nacionalidad.
Si hace 30 años quienes tramaron su asesinato y quienes fueron cómplices materiales del mismo, pretendieron borrarlo de la faz de la patria, la historia les está demostrando que estaban y están totalmente equivocados: no hay salvadoreño que sea recordado después de 30 años de muerto de la manera como hoy recordamos a nuestro arzobispo, y hoy, por primera vez, con la sanción oficial de los órganos del Estado; no hay un salvadoreño sobre el que se haya escrito tanto ni en tantos idiomas, en estos últimos 30 años y, lo que quizás sea más importante, no hay ninguna figura patria que esté logrando el sitial de ser la expresión de la nación; quienes celebraron hace 30 años su muerte con fuegos artificiales y disparos de pistolas hoy o empiezan a reconocerlo o guardan discreto silencio y solo se escuchan una que otra estentórea voz de ultra derecha denigrándolo.

La identidad nacional se construye no solo, ni principalmente, con los símbolos patrios; la bandera y el himno nacional son importantes porque nos identifican como miembros de una nación, expresan nuestro Yo colectivo, la capacidad de reconocernos en un ideal común, o de sentir un vínculo espiritual cuando nos encontramos en una esquina de Los Ángeles. Pero toda sociedad también necesita de figuras humanas que llegan a convertirse, con el paso del tiempo, en la encarnación del ser nacional, en punto de encuentro de los connacionales, no importando cuán controversiales fueran en vida: Lincoln en los Estados Unidos, que presidió un bando durante la guerra civil de ese país, es hoy reconocido como la figura nacional; M. Gandhi es hoy para los indios la expresión de la nación, aun cuando en vida fue controversial, incluso al interior de su propio partido.

La pregunta para nosotros y nosotras salvadoreños y salvadoreñas es precisamente esa: ¿Cuál es la figura nacional que nos puede expresar?, Recorriendo y sopesando el panorama de los últimos cien años de nuestra historia, Monseñor Romero aparece como la figura con mayores probabilidades de convertirse en nuestra bandera, himno y escudo encarnados.

Pero lograr lo anterior no es un proceso “natural”; es una tarea histórica. Monseñor Romero no es hoy por hoy la expresión nacional ni el líder espiritual de toda la nación; no importa que sus discípulos a veces nos convenzamos de que lo es; en la práctica su presencia en la realidad actual es un hecho innegable, pero aun incompleto. Él expresa las más nobles aspiraciones de nuestra nación, pero aún no es reconocido así por la totalidad de la nación; hoy podemos ver su fotografía en no pocos despachos de ministros y presidentes de autónomas, pero aún no ha pasado por la puerta de las más poderosas gremiales, de los centros de creación y difusión de la opinión pública, de los partidos políticos y de las escuelas……..

Monseñor Romero está vivo para nuestra generación, para los que lo conocimos en vida y tuvimos el histórico privilegio de ser sus contemporáneos; pero, dos generaciones después, la pregunta es: ¿qué significa Monseñor Romero para los jóvenes de hoy?, qué sentido tiene su mensaje hoy para estos jóvenes que nunca han vivido la represión política que nos tocó vivir, que no han experimentado la Guardia Nacional, ni la Policía de Hacienda?...., los jóvenes de hoy que no vivieron los 12 años de guerra civil que Monseñor veía venir con horror y que trató desesperada, pero infructuosamente, de detener.....

El profundo y heroico sentido de su admonición final a los cuerpos de seguridad, ordenándoles, en nombre de Dios, que cesaran de masacrar al pueblo, solo se puede dimensionar desde la realidad de hace 30 años y para nuestra generación tiene un sentido vivencial; pero es muy diferente de la que nuestros jóvenes viven hoy: sus angustias no están producidas por la represión, sino por las maras y por la falta de oportunidades de trabajo; sus sueños no son la revolución sino la emigración…, sin embargo, seguimos presentando a las nuevas generaciones el Monseñor Romero luchador contra la represión y el “otro monseñor”, el del claro mensaje social, el de la necesidad de construir juntos la patria, el de la exigencia de tener espíritu de servicio, etc., queda opacado.
Una de las grandes tareas que tenemos por delante quienes queremos construir una patria salvadoreña para todos y todas es convertir a Monseñor Romero no solo en nuestro guía, sino en el guía del conjunto de la sociedad salvadoreña, en lograr que sea nacionalmente aceptado.

Un requisito indispensable para lograrlo es que nosotros entendamos que Monseñor no puede convertirse en la imagen de un santo que se cuelga de una pared y a la que se le prende una vela, en un adorable icono preso del pasado en que vivió y del que quería liberarnos; Monseñor debe ser una presencia viva, que camina con nuestros jóvenes como a él tanto le gustaba, que muestra a las nuevas generaciones el camino a recorrer, desde el hoy de hoy y no desde un ayer que, para bien de todos, dejo de ser hoy. Nuestra tarea es mantenerlo vivo en el recuerdo, para superar ese recuerdo y descubrir su menaje para el presente; en definitiva nuestra obligación es re-vivirlo y no re-matarlo; quienes físicamente lo removieron de este mundo, han perdido la batallas, en nuestras manos está no perderla también.