miércoles, 2 de junio de 2010

Conversaciones con Neto Rivas

Lunes, 22 de marzo de 2010
EDITORIAL ESTA SEMANA PERTENECE A MONSEÑOR ROMERO

El miércoles hará 30 años que Monseñor Oscar Arnulfo Romero fuera asesinado mientras decía misa en la capilla del hospital para enfermos terminales La Divina Providencia.

El magnicidio que no tiene antecedentes en la historia del país, culminó una serie de asesinatos de sacerdotes de quienes “se sospechaba” ser “comunistas” y, en consecuencia, una amenaza para la nación. Y si no eran “comunistas”, por lo menos eran liberacionistas, que es lo mismo. Esta era la lógica perversa de los asesinos que pululaban en instituciones políticas y económicas del país durante los años de terror que vivimos entonces.

Treinta años han pasado sin que nadie haya sido formalmente acusado por el magnicidio. Millones de palabras, miles de artículos, discursos, homilías, elogios, docenas de libros y documentales testimoniales se han escrito, dicho y publicado sobre el asesinato de Monseñor Romero. Pero todo apunta que antes será canonizado – para lo que falta todavía un camino muy largo – que el o los culpables sean llevados a los tribunales.
Monseñor Romero, sea santificado o no, vivirá para siempre en los anales históricos de El Salvador y ya el pueblo lo conoce como San Romero de las Américas, aunque el Vaticano todavía comienza el largo proceso de canonización.
Monseñor Romero murió por lo que el creyó: la justicia social. Su opción preferencial por los pobres lo condujo a sostener un discurso a favor de ellos y contra la opresión de que eran víctimas, que fue confundido por la ceguera del fanatismo, con una prédica subversiva.

Fueron días que subyugaron al país a un sufrimiento intenso; a un derramamiento de sangre que resultó ser el preludio de una guerra fratricida, cuyas huellas permanecen imborrables en la más profunda fábrica de nuestro ser.
Fueron días de ignominia, de asesinatos resultado de un fanatismo político incontenible, solo por “sospechas” de ser enemigos de aquel estatus quo que había tenido subyugado al país durante décadas y amenazaba con perpetuarse a fuerza de la sangre inocente de centenares de víctimas.

Monseñor Romero dio su vida por El Salvador, dio su vida por los salvadoreños desposeídos, en su afán de encontrar un mejor estadio para su superación, en circunstancias tan adversas que su ideal parecía más haber salido de la imaginación del Quijote que de una realidad justificada por la deplorable evidencia que prevalecía en el país.

Hubo de pasar más de una década para que la paz volviera a reinar en El Salvador. Setenta mil muertos, obras de infraestructura por sumas multimillonarias destruidas, pero, más importante, la sociedad, hasta familias, separadas por ideologías tergiversadas por el fanatismo que cegaba a la sociedad.

Como citamos Monseñor Romero en el pensamiento del día, él decía “Jamás hemos predicado violencia, solamente la violencia del amor. . .”, pero su discurso fue interpretado como quisieron hacerlo aquellos que hacía ratos habían decidió apartarlo de su camino y que aprovecharían la “orden” que monseñor dio a los soldado de cesar la represión, para acabar con su vida al día siguiente.
Treinta años son solo el comienzo del para siempre en el que la memoria de Monseñor Romero será venerada por los salvadoreños, aun por muchos que entonces lo creyeron subversivo.