martes, 15 de febrero de 2011

OSCAR ARNULFO ROMERO, EL HOMBRE QUE PROFESÓ SU DESTINO


Por José Manuel Ortiz Benítez
El 24 de marzo de 1980, uno de los grandes de la humildad en América Latina caía abatido bajo el altar.
Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, un hombre arriesgado, un profeta, un animal de la fe, fue derribado en el cuadrilátero desde donde luchaba a brazo partido por los más humildes, aquellos a los que Dios había abandonado a su suerte.
La tarde del nefasto 24 de marzo, después de echarse el sol, un grupo de expertos en el arte de matar, ya había ejecutado el plan: “matar al curita por husmear en asuntos ajenos a la religión”.
El director del plan fue el capitán Álvaro Rafael Saravia, un maestro en el oficio de las desapariciones humanas en El Salvador en los años 80s, el gran confidente del temido y respetado patriota salvadoreño, el mayor Roberto D´Aubuisson.
El Sr. Saravia, 30 años después, en un intento de salir de la prisión de fantasmas en la que se encuentra atrapado, ha dicho a Carlos Dada, director de un periódico digital en El Salvador, que Don Roberto le dijo “Hacete cargo, Hacete cargo”.
“Mire, mayor, ¿y de qué se trata esto?” preguntó el encargado de la logística del magnicidio, el delfín de las matanzas clandestinas de don Roberto.
En aquella época, la época dorada del mayor D´Aubuisson, en El Salvador se decapitaban, se despedazaban, y se enterraban en fosas comunes los cuerpos de niños, de mujeres, de ancianos y de hombres sospechosos de cooperar con los comunistas. Desgraciadamente, en ese pequeño paisito centroamericano se sigue destruyendo vidas humanas a mansalva, especialmente esas de cuerpos esbeltos, de carne firme y piel estirada, de entre 18 y 25 años de edad. Las razones ya no son políticas, son de cualquier tipo, una mueca, una camiseta, o un fajito de cuatro billetes de diez dólares.
“Yo lo pensé” dice el capitán Saravia a Carlos Dada, el hijo del Dr. Héctor Dada Irezi, actual Ministro de Economía. Había cierta confusión, en el lenguaje perplejo y tembloroso del capitán.
“Yo no sé ciertamente si D´Aubuisson se metió en ese asunto y el pendejo fui yo, que en todo estoy yo, sabiendo lo que sé y lo que le estoy contando quiero saberlo también, y si no me cago en la madre de D´Aubuisson” relata un hombre con una alma cambiada gracias a la realidad encontrada en la presunta miseria en la que ahora dice que vive, en algún país latinoamericano.
Después de darle varias vueltas,“Esa fue una orden de matar” reflexiona, entre lamentos, finalmente el justiciero de los comunistas de los 80s en El Salvador. La orden se la achaca al mayor Roberto D´Aubuisson, el caballero oscuro de la ultraderecha salvadoreña, al que muchos en un partido político llamado Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) alaban como su líder espiritual.
La investigación de Dada, una exquisita pieza periodística [2], narrada en un tono poco común dentro del periodismo salvadoreño, no revela, sin embargo, el nombre del autor material del crimen, algo que le han echado en cara algunos lectores del periódico que dirige.
Por alguna razón –subliminal talvez o de oportunidad para una tercera entrega– Saravia no llega a desvelar el nombre del asesino que disparó al corazón de Oscar Arnulfo Romero la tarde del 24 de marzo de 1980.
Lo máximo que llega a decir Saravia sobre el asesino material de Romero es que le fue a entregar “personalmente los mil colones” por la obra realizada que le encargó Roberto D´Aubuisson, quien, a su vez, había recibido el financiamiento de un empresario salvadoreño llamado Eduardo Lemus O´byrne.
A pesar de lo dura y veraz que resulta la historia de Monseñor Romero, nadie en la prensa salvadoreña ha retomado el hilo para aportar más claridad al asesinato del salvadoreño más humilde y más grande que haya parido nuestra patria.
Tampoco nadie dentro del estado salvadoreño se ha preocupado de poner la historia en el sitio que le corresponde.
Se sabía, se sabe y se seguirá sabiendo quién fue el autor intelectual del magnicidio: el hombre de las botas manchadas, el mayor Roberto D´Aubuisson y, en ese respecto, la importancia del asesino material es solamente una detalle suelto de poca relevancia; un tipo anónimo al que le pegaron mil pesos. Pudo haber sido cualquiera con hambre.
Queda mucho por recorrer; que la VERDAD pase a ser realidad en los libros de la justicia salvadoreña: que el militar Sr. Roberto D´Aubuisson fue el que ordenó el asesinato del más universal de los salvadoreños, el caballero de sotana blanca que un día profesó su propio destino: “Podrán matarme, pero no podrán callar la verdad”.
Otros artículos de este autor aquí [3] – José Manuel Ortiz Benítez es editor de Salvadoreños en el Mundo