martes, 15 de febrero de 2011

Los "semáforos" de Monseñor




Federico Hernández Aguilar*
Martes, 30 de Marzo de 2010
No me gusta la "versión" de Monseñor Óscar Arnulfo Romero que pretende ofrecerle al mundo el Padre Jon Sobrino. Tampoco me adhiero a la reseña que sobre nuestro obispo asesinado escribió, para una reciente celebración litúrgica en nuestra Catedral de San Salvador, el cura brasileño Pedro Casaldáliga. Y no extraña, claro, que fuera precisamente el jesuita español quien leyera, para tal ocasión, las panfletarias líneas del teólogo sudamericano, famoso también por sus encendidas reyertas contra el Vaticano.
Con motivo del trigésimo aniversario del magnicidio, Casaldáliga le dijo a la feligresía salvadoreña, usando los labios de Sobrino, que "siempre y en todas las circunstancias la memoria del martirio es una memoria subversiva". Para luego agregar: "San Romero nos enseña que vivamos una espiritualidad integral, una santidad tan mística como política… Él nos espera en la lucha diaria contra esa especie de «mara» monstruosa que es el capitalismo neoliberal…".
Convirtiéndolo en anacrónico defensor de la Teología de la Liberación de raíz marxista, Casaldáliga se vale hoy de aquella exhortación de Monseñor contra el "ateísmo capitalista" —el que termina sustituyendo a Dios, en el corazón humano, por los bienes materiales— para acto seguido promover, entre las "causas mayores" de nuestro tiempo, "la igualdad de la mujer en los ministerios eclesiales". En otras palabras, seguir de verdad a «San Romero» implica, según lo entienden Casaldáliga y Sobrino, no sólo adscribirse a una lucha política determinada (con un adversario ideológico bien definido), sino denunciar aquellas posturas de la Iglesia que no cuadran a nuestros variopintos pareceres.
Descreo sin tapujos de ese Monseñor Romero que los teólogos de la liberación pretenden embarrar de epistemología marxista y hermenéutica hegeliana, prefigurándolo como el seguidor natural de un Cristo "historizado" que tal vez no se sabía a sí mismo "Hijo eterno del Padre". No se me hace muy cristiano usar la palabra de un sacerdote de Dios para arremeter contra la Iglesia que amaba tanto.
Fue Monseñor Ricardo Urioste, a mi juicio, quien mostró en Catedral una mayor identificación con la misión pastoral de nuestro Arzobispo asesinado. Fue él quien «aclaró» que Óscar Arnulfo Romero "se dirigió por la Teología de las Bienaventuranzas de Jesús", es decir, por los mandatos de amor que se encuentran en el Evangelio. Y cuando la sola mención del Alcalde de San Salvador (presente en la Catedral) provocó la rechifla y los insultos de cierta parte de la concurrencia, Monseñor Ricardo Urioste levantó su voz sin temblar: "¿Saben qué les diría Monseñor Romero? Que no han aprendido a ser cristianos todavía, porque debemos respetarnos unos a otros… Eso es lo que el Evangelio nos enseña, eso es lo que Jesús nos enseñó, y eso es lo que Monseñor Romero vivió".
El Padre Sobrino leyó un discurso destinado a arrancar los aplausos "del pueblo". Y lo consiguió, puntualmente. Monseñor Urioste, en cambio, plantó cara a los fanáticos para recriminarles su poca coherencia. Entre uno y otro, me pregunto, ¿a quién podríamos los salvadoreños considerar más autorizado para hablar de Óscar Arnulfo Romero?
Nuestro Obispo asesinado se alzó contra la injusticia y contra los que deseaban ser violentos en su reclamo por la justicia. No fue la suya una voz limitada por las ideas que convierten a Cristo en una bandera o en una excusa. Monseñor fue más grande y más valiente que eso.
Alguna vez le escuché decir al predicador Salvador Gómez que hay cristianos que asumen la peligrosa tarea de erigirse en guardianes del Espíritu Santo, como si fueran una especie de "semáforos" del influjo divino. En efecto, con las luces rojas, amarillas y verdes que les brindan sus privilegiados cerebros, llegan a creerse dignos de señalar dónde "circula" la voz del cielo y dónde se ha "detenido". Son los mismos que tienen la "humildad" de exigirle a un teólogo tan grande como Benedicto XVI que "sea humilde".
Pues bien, Monseñor Romero también cuenta con sus "semáforos". Ellos son los que dictaminan las actitudes y las convicciones que deben tener, políticamente, aquellos que en serio aspiren a convertirse en discípulos de nuestro Obispo mártir.
Pero no se contentan con eso: su "apostolado vial" va más allá. También denuncian, con la boca bien ancha, quiénes de entre nosotros "pueden" ser devotos sinceros de Monseñor Romero y quiénes "deben" evitar toda simpatía con él, so pena de recibir chiflidos, miradas de odio y hasta acusaciones de "complicidad" con su execrable asesinato.
A estos "apologetas" de Monseñor Romero les sigue y aplaude una muchedumbre como la que recientemente insultó a Norman Quijano en Catedral. Son estos "defensores" de nuestro Arzobispo mártir los que le someten, innecesariamente, a la polaridad temporal de las ideologías, volviéndose en la práctica tan verdugos de su mensaje como algunos lo fueron de su existencia.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.