martes, 15 de febrero de 2011

Las lecciones de Romero


Por El Faro
Publicado el 29 de Marzo de 2010
Treinta años después del asesinato de Monseñor Romero los salvadoreños hemos reivindicado su lugar como el más universal y el más trascendente de entre los nuestros. A pesar de los reiterados intentos, durante tres décadas, de minimizarlo por parte del Estado, de los más grandes medios de comunicación, del sector más conservador de la Iglesia católica y evangélica y de alguna parte del gran sector privado, la figura de Monseñor Romero ha sobrevivido y se ha consolidado entre la gente, entre su pueblo.
Este aniversario de su muerte será recordado por mucho tiempo, porque marca el inicio de una nueva etapa para su figura: ha gozado, por fin, de un reconocimiento oficial por parte del Estado. Ha sido conmemorado masivamente incluso por aquellos que celebraron su muerte porque la resistencia al empeño de los que han buscado el olvido ha transformado el aniversario en objeto obligado de homenajes, de grandes conmemoraciones, de cobertura mediática y de atención general.
Aquí mismo, en estas páginas, una publicación sobre los asesinos de Monseñor Romero fue apropiada en segundos por miles de lectores que no solo saturaron nuestro servidor sino que comenzaron a compartirlo a través de distintas plataformas: el correo electrónico, las redes sociales como Facebook y Twitter y los blogs que sirvieron de espejo a un material cuya lectura fue casi imposible durante las primeras 24 horas  debido al tráfico en nuestro sitio web.
Más de 200 mil visitas solo en El Faro, además de las múltiples impresiones y fotocopias para compartir el material entre personas que no tienen acceso a internet, y la reproducción del material en grandes medios de toda América Latina demuestran que la figura de Monseñor Romero es más vigente que nunca, que un asesinato que no ha sido aclarado oficialmente en tres décadas es de interés universal y que es mentira que los salvadoreños no queremos ver el pasado. Los salvadoreños demostramos contundentemente  la semana pasada que estamos ansiosos por conocer más de nuestro pasado y que solo así podemos entendernos mejor.
Los salvadoreños también demostramos otra cosa: que nuestras aspiraciones de conocer más de nuestro pasado se ejercitan con un poder propio, ciudadano, independiente de las decisiones oficiales y del silencio sintomático de algunos medios de comunicación. Que nadie nos puede ordenar no hablar del pasado con el argumento de que eso es reabrir heridas.
Averiguar qué nos pasó y determinar responsabilidades históricas es un paso gigantesco para combatir la impunidad; para mandar el mensaje claro de que tarde o temprano habrá que pagar un costo por la comisión de delitos. Y hoy, en nuestra sociedad, la impunidad es la principal responsable de la violencia y el crimen organizado que nos mantiene sacudidos. La naturaleza de la violencia actual es distinta a la de hace 30 años, pero la impunidad es similar. 
Para poder repetir, como hacemos con esperanzas cada conmemoración de los acuerdos de paz, que nunca más queremos volver a una guerra civil, que nunca más queremos ver la sangre derramada en el nombre de la patria, que nunca más queremos hacer monumentos a los caídos porque nunca más queremos caídos, debemos saber también cómo alcanzamos esos niveles de insanidad, cómo comenzamos a matarnos unos a otros. Y debemos volver, otra vez, a las condiciones estructurales, para decir también nunca más una pobreza extrema, nunca más el abuso de poder, nunca más el olvido, nunca más la violencia, nunca más la impunidad. Ese es, precisamente, el gran legado de Monseñor Romero: el combate constante, insoslayable, contra la pobreza, contra la impunidad, contra el abuso, contra la violencia, contra la injusticia, contra la opresión. Y siempre del lado de los más débiles, de aquellos que no tienen poder de decisión pero que siempre son los primeros en sufrir las consecuencias de las decisiones de los que sí pueden.