miércoles, 4 de agosto de 2010

Castigo a los asesinos de Monseñor

Por Matt Eisenbrandt
Publicado el 25 de Marzo de 2010

Después de treinta años, es tiempo para todos los salvadoreños y aquellos norteamericanos que escogieron mirar para otro lado en reconocer que Roberto D’Aubuisson y su escuadrón de la muerte fueron los autores del asesinato de Mons. Oscar Romero. D’Aubuisson murió hace muchos años pero algunos de sus cómplices todavía viven en plena libertad. Ellos deben ser juzgados y el gobierno de El Salvador debe realizar de una vez por todas un examen completo del crimen.

Como uno de los abogados norteamericanos que llevó a juicio al co-conspirador de D’Aubuisson, Álvaro Saravia, puedo decir que las evidencias de tal investigación, tanto como mi continua investigación en el próximo libro, confirman la participación de D’Aubuisson. Aunque su partido ya no es la fuerza política en El Salvador, existe aun la necesidad de clarificar la culpabilidad del fundador de ARENA y sus asociados.

Durante la investigación de Saravia, nuestro grupo se reunió con tres miembros de nivel operativo del escuadrón de la muerte de D’Aubuisson. Cada uno describió los actos violentos en los que participó el grupo; dos de ellos también admitieron su participación en el asesinato de Mons. Romero; mientras que el otro confirmó la participación del escuadrón. Otro declarante nos contó de haber escuchado conversaciones en las que D’Aubuisson habló sobre el operativo contra Mons. Romero antes de su ejecución. Varios contactos nos informaron de sus conversaciones con un reconocido miembro del círculo de D’Aubuisson quien reveló los detalles de la conspiración.

Saravia y su motorista Amado Garay han dado su testimonio acerca del asesinato. Garay lo hizo en 1987 y otra vez en el juicio en el 2004; Saravia lo hizo frente a la Comisión de la Verdad de las Naciones Unidas en 1993. Ahora Saravia ha revelado detalles importantes a El Faro. Además, el ex-coronel Roberto Santivañez, quien trabajó por un tiempo con D’Aubuisson en asuntos de inteligencia, proveyó ampliamente los detalles sobre el asesinato a periodistas, el congreso norteamericano y uno de nuestros contactos.

La credibilidad de algunos de los declarantes, particularmente Garay y Santivañez, ha sido cuestionado a través de los años. Mientras muchos han criticado, con alguna justificación, que el señalamiento de D’Aubuisson por parte de Garay, fue solo una táctica política orquestada por los rivales de ARENA, eso no explica el testimonio de Garay en el juicio de Fresno. Para cuando Garay testificó en el 2004, D’Aubuisson tenía más de diez años de muerto. En cualquier caso, los puntos claves son confirmados por otros.

Hay también documentos como evidencia. Varios cablegramas de los Estados Unidos muestran que un guardia nacional anónimo, cuyo nombre ha sido ya confirmado, habló con un oficial estadounidense acerca del plan, liderado por D’Aubuisson, para asesinar a Romero. Otro reporte estadounidense relata una confesión hecha por un asociado diferente de D’Aubuisson. Documentos recuperados del grupo de D’Aubuisson corroboran que mucha de la gente implicada era parte del círculo intimo del ex-mayor.

Cada pieza de evidencia en aislamiento es imperfecta; sin embargo, tomando todo junto, esos numerosos recursos muestran sin lugar a dudas, que D’Aubuisson comandó un grupo paramilitar que perpetró violencia y asesinatos, es decir, un escuadrón de la muerte. Ellos demostraron que D’Aubuisson, por lo menos, sabía con anticipación del asesinato de Mons. Romero y casi con certeza que fue él quien ordenó que se ejecutara. Sin ninguna duda, los miembros de su grupo fueron los ejecutores.

También sabemos que D’Aubuisson recibió fondos de ciertos civiles salvadoreños. El objetivo del financiamiento para el asesinato de Romero debe de ser examinado más rigurosamente.

Esta evidencia no viene de los viejos Demócratacristianos, ni del FMLN, viene de un investigador estadounidense independiente que no tiene conexiones políticas con el escenario salvadoreño. Ojalá que la minimizada presencia de ARENA en el escenario nacional permita finalmente una discusión del caso sin el usual maniobreo político de acusaciones.

Aunque el disparo ocurrió hace tres décadas, la memoria está aún fresca para los salvadoreños. La impunidad de uno de los más notorios asesinatos es una vieja herida que se mantiene abierta. En este 30 aniversario, deberíamos responsabilizar claramente a D’Aubuisson y su grupo, y hacer un llamado al gobierno salvadoreño para que conduzca una eficaz y honesta investigación. Mons. Romero ciertamente lo merece.