jueves, 3 de junio de 2010

Monseñor Romero no era apolítico

Foto: Francisco Campos
Por Luis Alvarenga (*)

“Ustedes saben que ante la situación he organizado un comité de solidaridad. Por una iniciativa generosa de una señora, se hizo el llamamiento a todas las organizaciones que nos acordamos. Llegaron muchos, pero muchos solamente mandaron el recado: ‘No podemos, porque no podemos tomar partido’. Otro: ‘Porque no nos podemos meter en política’. ¡Qué lástima, hermanos, que seamos tan indiferentes bajo el pretexto de no meterse en política! Se quedan con los brazos cruzados y hacen el bien únicamente cuando hacer el bien es fácil o es glorioso, trae prestigio. Servir es sacrificarse”. Homilía de Monseñor Romero, del 2 de abril de 1978

Una forma de perpetuar la muerte de alguien es tergiversar los hechos de su vida y vaciarlos de contenido. A una figura histórica como Monseñor Romero se le sigue asesinando al pretender depurarla de sus aspectos incómodos, como las implicaciones políticas que tuvo su actuación al frente del arzobispado de San Salvador.
Dado el reconocimiento oficial de la importancia de Monseñor Romero (cosa que ha originado un debate interesante en términos de si estamos ante una apropiación legítima o una manipulación de la figura del arzobispo mártir, afirmaciones que merecen un mayor examen), es previsible que los ideólogos de la derecha cambien la estrategia para neutralizar su impacto social.
Se ha pasado de una condena en vida (cuando se le acusó de comunista y se le amenazó de muerte), a la condena en posteridad (cuando se le ha acusado de haber sido el instigador de la violencia de la izquierda). Ante el reconocimiento oficial de su figura, la estrategia es afirmar que la izquierda ha sido la que tergiversó el magisterio de Romero y lo ha utilizado políticamente, cuando, según esta interpretación, el arzobispo era un hombre apolítico.
Ser “apolítico” implicaría no tener ningún punto de vista de tipo político. Un punto de vista realmente “apolítico” sería el de un ser que se eleva sobre todos los puntos de vista y no toma partido por ninguno.
Monseñor Romero sí tomó partido: por las víctimas de la injusticia y la violencia estructural. Los estudiosos de su vida convienen en que su personal “camino de Damasco” fue el asesinato de su amigo, Rutilio Grande. Fue a partir de la muerte de esta víctima de la violencia política de la derecha, que Monseñor Romero utilizó la capacidad de incidencia que su investidura eclesial le daba para denunciar a las estructuras socioeconómicas injustas que, para mantenerse vivas, demandaban el sacrificio de la vida humana.
Esto implicaba un enfrentamiento virtualmente inevitable con los responsables políticos de esas estructuras de injusticia. Ante la violencia política, Monseñor Romero respondió también de forma política. ¿Se puede considerar el llamado a la fuerza armada y a los cuerpos de seguridad a que no obedezcan las órdenes de asesinar a sus semejantes como un acto “neutral” políticamente hablando? Es muy difícil sostener esto.

Esto no convierte a Monseñor Romero en un militante de izquierda (de hecho, en varias ocasiones, critica directamente la violencia de las organizaciones populares), pero esto no niega la politicidad de su palabra. Decir que Monseñor era apolítico porque no pertenecía a ninguna organización de izquierda es tener un concepto muy pobre de la política.

Políticas son estas palabras, pronunciadas en su homilía del diez de diciembre de 1977: “Queridos hermanos, que no vaya a ser falso el servicio de ustedes desde la palabra de Dios. Que es muy fácil ser servidores de la palabra sin molestar al mundo. Una palabra muy espiritualista, una palabra sin compromiso con la historia, una palabra que puede sonar en cualquier parte del mundo porque no es de ninguna parte del mundo; una palabra así no crea problemas, no origina conflictos. Lo que origina los conflictos, las persecuciones, lo que marca a la Iglesia auténtica es cuando la palabra quemante, como la de los profetas, anuncia al pueblo y denuncia: las maravillas de Dios para que las crean y las adoren, y los pecados de los hombres, que se oponen al reino de Dios, para que lo arranquen de sus corazones, de sus sociedades, de sus leyes, de sus organismos que oprimen, que aprisionan, que atropellan los derechos de Dios y de la humanidad.”

O estas otras, que provienen de su homilía del 19 de febrero de 1978, y que dejan en claro que el cristianismo tiene una dimensión política constitutiva: “Es una historia tan densa la de El Salvador, queridos hermanos, que nunca se agota. Cada domingo encontramos hechos que están pidiendo la luz de la palabra del Señor. Y el verdadero cristiano en El Salvador no puede prescindir de estas realidades, a no ser que quiera profesar un cristianismo aéreo, sin realidades en la tierra, un cristianismo sin compromisos, espiritualista. Y así es muy fácil ser cristiano, desencarnado, desentendido de las realidades que viven. Pero vivir ese Evangelio, que por orden del Padre eterno tenemos que escuchar de Cristo, ‘A Él escuchadle’, vivirlo en el marco real de nuestra existencia, eso es lo difícil, eso es lo que crea conflictos, pero es lo que hace auténtica la predicación del Evangelio y la vida de cada cristiano”.
Querer presentar a un Monseñor Romero apolítico es proseguir con su asesinato, con una versión light de sus enseñanzas, una versión con la cual todo el mundo se siente cómodo, porque “no es de este mundo” y no significa nada para este mundo. (*) Escritor salvadoreño